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Estaba en clase con los compañeros de siempre y vimos llegar a Inés. La escena ya era normal, sin embargo nos atrajo especial atención esta vez. La chica estaba decaída, asustadiza. La encontrábamos algo rara desde hacía ya par de semanas, tenía la cara pálida y los ojos tristes. Tras una hora de clase pudimos disfrutar de los quince minutos de descanso que muchas veces se anhelaban. Inés se sentó con nosotros y comenzó a hablar en voz baja con una de las compañeras. Cuando nos dimos cuenta las manos le temblaban y varias lágrimas caían por sus mejillas mientras susurraba con una voz muy temblorosa que algo estaba pasando. Llamada la atención de todo el grupo y corazón en mano, estábamos dispuestos a ayudarla fuera lo que fuese. La situación parecía algo dura. Un chico la estaba acosando desde hacía tiempo, no sabía quién era. La seguía con su coche, la esperaba en cada esquina, conocía los horarios de salida y entrada a su propia casa apareciendo allí en cada ocasión, incluso una de las veces hubo un enfrentamiento con su padre, y casi pasando a las manos, el chico huyó. Contó que esa misma noche el acosador o “psicópata” como ella lo llamaba, había entrado en su casa cuando Inés le daba la espalda a la puerta aún semiabierta. Tras algunos gritos y empujones no hizo nada pero el hecho fue tan preocupante que el caso estaba ya denunciado e Inés podía optar por protección policial. Las ideas volaban de boca de los hombres: “vamos y le pegamos una paliza”, “podemos destrozarle el coche” a las que ella negando con la cabeza respondía con más lágrimas. Pasaron las semanas y el tema fue muriendo en el grupo. Un buen día decidimos ir a cenar a un centro comercial. Quedamos toda la clase y fallaron todos los hombres. La idea de cenar con siete mujeres vestidas de lujo puede parecer de ensueño pero para mi fue horripilante. Tras sentirme ignorado la mayor parte del tiempo mientras ellas hablaban de vacaciones con exnovios y de zapatos bonitos surgió una frase de la nada: “¡Señoritas!, ¡Me voy a casar!”. Se hizo un silencio y robé algo de protagonismo dándomelas de incrédulo para saber si era verdad. Pues sí, era cierto, Inés se iba a casar en Julio y por mi apuesta estúpida tenía que vestirme de marinero y dejar caer pétalos de rosas a su paso, aunque dudo mucho que le apeteciera realmente. Era una noticia increíble a la par que bonita. En un momento se soltó una pregunta: “¿Y quién es el afortunado?”. Entonces puso cara de ridículo orgulloso y respondió, y cito textualmente: “Con el.........que yo decía que era un psicópata”. Dios mío, esto hay que verlo para creerlo, me atraganté con el arroz tres delicias. Sus planes consistían en ir a vivir a Lanzarote y formar una familia con el psicópata. Ninguno de los dos trabajaba, y dudo que los ingresos por acoso sean significativos. Luego de alguna semana dejó de asistir a clase y olvidó el título, supongo que ya tiene la vida resuelta. Si algún acosador lee esto que me localice, quiero independencia y cariño.
Alberto Santana. Julio 2003 (Nota del editor: No existen imágenes que ilustren lo aquí expuesto) |