“Por muy duros que
parezcamos, el cariño que somos capaces de dar nos supera. Ese
pájaro amarillo atravesó mis pupilas y se grabó con
sus simpáticos saltitos como algo muy mío”.
Pasan
los meses pero el pájaro no canta. “Me acercaré a
preguntar por qué puede ser”. El amable pero desinteresado
chico me explicó que era increíblemente precioso, pero que
resultaba ser una mezcla que los criadores hacían para que naciera
así. Y entonces cayó la frase que sigue pesando en mi conciencia.
“El pájaro puede tener fallos genéticos”.
El
primer día negro no tardó mucho en llegar. A la vista, la
pata izquierda parecía más oscura de lo normal, y en una
de sus alas comenzaba a crecer una especie de quiste. “Tranquilo
amigo, yo estoy aquí para socorrerte”. Tras pesares y bastas
ideas intuí que al menos la pata sufría alguna especie de
infección que comenzó como causa de un anillo bastante apretado,
que con el paso del tiempo y el crecido cuerpo, produjo una segura gangrena.
Opté entonces por quitarle el anillo en una delicada operación
con unos pequeños alicates. La felicidad me fue plena al cabo de
algunos días. El quiste del ala cayó sorprendentemente sólo
y el anillo había sido eliminado.
Llega
el segundo día negro. Uno de los dedos se le cae y con el tiempo
la mitad de la pata. Esta situación suponía medidas inmediatas
pero el pájaro asumió perfectamente lo que sucedió.
Comenzaba a morir. Mi desgracia pesaba tanto que no fui capaz de suponer
lo que iba a suceder. El proceso fue lento y el pájaro comenzó
una horrible metamorfosis. Al cabo de unos días se inflamó
uno de sus ojos. Poco después le llegó el turno al otro.
Apareció un nuevo quiste cercano a la zona del anterior. Y finalmente
sus latidos se aceleraban de tal forma que afirmaban que la hora de su
muerte estaba cerca. Pueden creerme cuando digo que alguna que otra vez
apunto estuvo de caer una lágrima por mi mejilla, pero aguantaba
con fuerza la situación hasta que llegó un momento en el
que no podía casi vivir. Mi decisión fue la siguiente: Cogí
la jaula y la bajé al trastero. Por muy descabellada que pareciera
la idea me molesté en crearle un ambiente clásico con luz
tenue y una música muy suave y sin pausa.
El
tercer día negro fue irónicamente alegre. El pájaro
murió y yo casi comencé a vivir. Lo enterré y lamenté
por siempre aquella situación. Un año más tarde aproximadamente
sucede algo que me inquieta. Entro al balcón de mi casa y veo un
pájaro amarillo, algo sucio, mojado y desplumado. Acerco la mano
y el animal no se inmuta. Parecía que deseaba que lo cogiera, no
ofreció ningún tipo de resistencia. Algo único dado
que en mi balcón jamás llegó a entrar ninguno. Quizás
me conocía de otros tiempos. A pasado el tiempo y el pájaro
está limpio, con bonitas plumas y muy bien alimentado. Muchas veces
me quedo muy pensativo, mirándolo directamente a sus ojillos. Estaría
dispuesto a jurar que es aquel inolvidable amigo que tanta felicidad me
dio en sus mejores momentos. El otro día lo regalé.
Escrito con mucho cariño
para esa mascota.
Alberto Santana.
Junio 2003 |