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La anciana mujer recorría el mercadillo del pueblo cuando encontró una bonita planta. "Quedaría muy bien en el balcón" pensó, y acto seguido, la compró y la subió al coche junto con el resto de las cosas. Una vez en casa, colocó la planta en un rincón soleado del balcón, en donde se fue desarrollando con el transcurso del tiempo.
No había defensa posible. Su tortuosa mente, aburrida tras un largo día sin nada que hacer, decidió que la planta se estaba muriendo, y se puso manos a la obra, podándola igual que una guillotina cercena la cabeza de un condenado. Finalizado el crimen, situó la planta de nuevo en el balcón de la casa. El hecho de que no luciera ninguna de sus hojas no parecía preocuparle mientras defendía su causa ante los atónitos y espeluznados ojos de los allí presentes. A todo aquel que veía los restos pelados de la planta, le comentaba con orgullo: "se estaba muriendo, y yo la salvé".
Oliver Santana, Alberto Santana. Abril 2003 |