La Poda

La anciana mujer recorría el mercadillo del pueblo cuando encontró una bonita planta. "Quedaría muy bien en el balcón" pensó, y acto seguido, la compró y la subió al coche junto con el resto de las cosas. Una vez en casa, colocó la planta en un rincón soleado del balcón, en donde se fue desarrollando con el transcurso del tiempo.

El cuidado de una planta. Un arte que, tras años de experiencia, ha sabido captar los sentimientos más humanos del hombre. El orgullo de verla nacer, crecer y florecer embelleciendo el lugar donde vive, como si de un sincero agradecimiento se tratara. Sin embargo, un miedo, siempre oculto, intranquiliza su existencia. Se trata del podador. Un día, el marido de la anciana se fijó en la planta.

No había defensa posible. Su tortuosa mente, aburrida tras un largo día sin nada que hacer, decidió que la planta se estaba muriendo, y se puso manos a la obra, podándola igual que una guillotina cercena la cabeza de un condenado. Finalizado el crimen, situó la planta de nuevo en el balcón de la casa. El hecho de que no luciera ninguna de sus hojas no parecía preocuparle mientras defendía su causa ante los atónitos y espeluznados ojos de los allí presentes. A todo aquel que veía los restos pelados de la planta, le comentaba con orgullo: "se estaba muriendo, y yo la salvé".

El futuro es incierto. La idea de volver a crecer no es tan esperanzadora ahora que el podador, con una fría atención, espera ver salir las grandes y hermosas hojas, con unas tijeras en las manos. La maceta, seca y triste, llora la savia derramada. El podador siempre tiene la última palabra, con una seguridad en si mismo que asusta. La naturaleza no se entiende con todos, y la poda encuentra un nuevo significado en nuestros sueños: la pesadilla.

 

Oliver Santana, Alberto Santana. Abril 2003