Navegando
por la red de redes me tope con la fotografía de una dulce chica
en medio de un paisaje helado, era una hermosa modelo vestida con un exiguo
bikini y un sombrero vaquero, miraba de reojo a la cámara y mostraba
una leve sonrisa en unos carnosos labios. De repente algo me hizo despertar
de mi éxtasis, era mi conciencia que me decía que algo en
esa foto andaba mal. ¿Que hacia esa muchacha en ese paraje helado,
casi sin ropa y a la intemperie en un lugar que estaría muy por
debajo de los cero grados centígrados y mostrando una media sonrisa
a todas luces falsa? Mi libido acababa de caer abatido por mi civismo,
era como el Hinderburg flotando exuberante en el cielo y de repente explotar
para contra el suelo convertido en un amasijo de hierros retorcidos.
Entonces
me recordé a mi mismo en algunos de los rodajes de los cortos:
Sudando bajo los focos durante horas con una bolsa de basura en mi cabeza,
arrastrándome por un polvoriento terreno con una barba postiza
que parecía de espinas o disfrazado de vagabundo en mitad de una
calle.
El paso siguiente en mi
idiosincrasia era el alumbramiento de una nueva cuestión. ¿Era
yo igual que esa chica? No, y no lo era por dos simples razones: La primera,
porque ella estaba allí pasándolo mal e intentado fingir
lo mejor que podía porque le pagaban por ello, lo hacia por un
salario, por su belleza física y por una superflua sociedad que
le premia por ello y no por su humanidad. Yo en cambio no veo un euro
por ningún lado, lo hago porque me resulta lo suficientemente gratificante
ver el resultado creativo de ese esfuerzo (con esto no quiero decir que
si empieza a entrarnos dinero siga haciéndolo por amor al arte),
y la otra razón que nos diferencia es porque ella esta muy buena,
buenísima.
Israel Lezcano,
Guionista. Febrero 2003 |